Hace mucho vi una niña, que se molestaba fácilmente si la juzgaban, quizás por eso decidió que yo podía estar en su vida, no soy nadie para juzgar. Lo triste de esta historia es que fue perdiendo ese adjetivo de niña y aprendió a ser alguien que no es. Hoy puedo sonreír sinceramente, esas veces de trajín, noches sin dormir, una garganta seca de tanto hablar, meses de desconocimiento, trajeron consigo un cambio que hace valer todas las penas y molestias de meses de amistad. Nuevamente puedo ver que las personas pueden cambiar si así lo quieren, que el pasado no marca tu presente y mucho menos tu futuro, se muestra otra vez que justificar algo malo en tu manera de ser, por un suceso del pasado, muchas veces son simples excusas.
Gracias Dios, pues ser parte del cambio de vida de una persona es un regalo invaluable de Dios.
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